/Alumnos/ PFC. Eduardo Ruiz

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Cegados por nuestras propias intenciones, recuerdo, no éramos conscientes del viaje que estábamos a punto de realizar.

El entusiasmo y la ilusión nos empujaban a depositar esperanzas en algo de lo que no estábamos seguros, dibujando, de forma inconsciente, trazos infinitos con un único objetivo; el aprendizaje.

Pero aún hoy, y después de cuatro años, la palabra interiores, aparente destino de nuestra travesía, mantiene cierto carácter inhóspito, tierra ambigua y desconocida que muy pocos se atreven a explorar. Navegantes curiosos, capaces de enfocar el detalle y sin ningún miedo a detenerse frente a juntas vacías,  creen poseer las claves físicas capaces de solucionar algo, que para mí, va más allá de lo que puedan percibir los ojos de la piel.

El interior, entendido como algo orgánico, es aquello que nos aporta vida, fuste físico sin el cual no seríamos capaces de sostener ningún tipo de arquitrabe.

Y quizá sea esa parte factible la que nos impida sentir el mar de emociones que nos vemos obligados a cruzar.

Parece que todos tengamos claro cuáles son las metas, aspiración cautivadora, y los puntos finales a los que poder anclar nuestra trayectoria, pero solo consiguen que olvidemos el significado de aquello a lo que nos enfrentamos.

Expedición íntima, interior,  hacia nosotros y para nosotros, contraste simultáneo entre lo físico y lo abstracto, entre lo que pasa desapercibido y lo emocional, balance entre el interior y el exterior,  son motivos que nos hacen partícipes, medio de pensamiento, y nos permiten dejar de buscar puntos de fuga, que no hacen sino desdibujar el recorrido de nuestros trazos.

Por ello, interiores es un viaje que nace desde un dentro cargado de emociones e ideas capaces de dirigir cualquier expedición, sin atender el destino, pues tarde o temprano nos estará esperando.

Es momento de aprender navegando, observar, pensar, y tratar de conquistar, no el puerto más lejano, sino el instante y la idea más próxima.

Siendo, queriendo y existiendo.

Eduardo Ruiz