Construir una Casa. Juan Miguel Hernandez Leon

(Casa Avelino Duarte, Ovar , Portugal, 1980-1984)

En el periodo de las décadas de los años 70y 80, Álvaro Siza, realiza una serie de proyectos con el tema común de la vivienda unifamiliar, donde el arquitecto despliega una intensidad proyectual que excede la pequeña escala de las intervenciones. Desde la Casa Magalhães (1967-1970), una obra ya de gran madurez, pese a su carácter iniciático en la trayectoria de Siza, pasando por la fragmentaria intervención en la Casa Alcino Cardoso (1971-73), la Casa Beires (1973-76), o la Casa Antonio Carlos Siza, proyectada para su hermano (1976-1978), hasta la Casa Avelino Duarte (1980-84), son los hitos de una via experimental sobre temas estrictamente arquitectónicos, ejemplo de un trabajo libre de la presión crítica, pero que, al mismo tiempo, detectan una presencia de una obra que va a tener una gran repercusión internacional, sobre todo a partir de su descubrimiento por figuras como Vittorio Gregotti, en los 70.

Aún así, el juicio encomiástico de Gregotti lo relegaba a estas obras de pequeño formato: Álvaro Siza Vieira no es un arquitecto de moda, carece de aparato teórico y nunca ha traído grandes temas urbanísticos, habla poco, y cuando lo hace se expresa con palabras llanas en un tono tímido acompañado del sonsonete portugués. No se siente comprometido políticamente en lo que respecta a su profesión de arquitecto. Nunca ha reverenciado ni la técnica ni las obras monumentales, pero le gusta lo pequeño, los signos sutiles. Dentro del Movimiento Moderno su concepción de la arquitectura es muy tradicional. Pasados sus cuarenta años, se halla entre los diez o quince arquitectos que en el panorama internacional han sido capaces de manifestarse con una obra genuina o que, todavía, lo es de sorprender a una cultura hastiada, apareciendo en escena por un lugar inesperado. La trama de tensiones que introduce, exacta y emotiva (palabra que, como él, tampoco está de moda), creo que se compone de dos materiales: atención y desazón. Siza sabe que sobre lo esencial se encuentra siempre algo apartado de la dirección tomada y un poco lejos de una posible justificación.[1]

Un pronóstico algo tímido para un futuro premio Pritzker.

En las casas anteriores a la realizada para Avelino Duarte (un encargo de este  abogado portugués como vivienda familiar en Ovar), se plantean cuestiones como la frontalidad arquitectónica, la descomposición del cubo, y, sobre todo, la relación entre alineaciones y geometría de la planta, avanzando la conformación de la problemática recurrente de la obra de madurez del arquitecto.

La casa de Avelino Duarte supone un cambio de registro, no sólo porque la referencia a Loos es, aparentemente, más explícita, sino porque supone un preludio de la consolidación de un estilo propio y reconocible. Y aunque sea desde el punto de vista anecdótico, hay que reseñar las condiciones que el cliente planteó al arquitecto para la realización del proyecto; su deseo de los acabados exteriores en revoco  blanco, y no en los tonos ocres inicialmente proyectados, así como un mínimo de tres dormitorios y un máximo de cuatro, una sala de estar y una cocina grande, y una mansarda.

El proyecto asumió, por supuesto, estos requerimientos tan simples, con el consiguiente amplio margen de libertad para elaborar una propuesta de considerable carga de expresión personal.

El bloque se ubica en una parcela de dimensiones rectangulares y proporciones alargadas, con una altura que le permite albergar tres niveles en una articulación espacial de gran continuidad y complejas interrelaciones internas, en contraposición con la aparente simplicidad de su composición exterior.

En esta dualidad reconocemos, reinterpretados, distintos temas y citas, de origen loosiano; en primer lugar la relación entre frontalidad y simetría aparente en el volumen exterior, que se expresa en el desplazamiento lateral del espacio de la cocina, al introducir una disonancia entre la disposición de las fachadas principal y trasera.

Este juego de relaciones recoge la resonancia de la diagonalización interna que introduce la localización de la escalera principal que vertebra el recorrido y el acceso en esa reinterpretación del Raum Plan de Loos. Así mismo la jerarquía entre las fachadas se concreta en la disposición más libre de los huecos en los muros laterales del edificio.

Si el acceso se desplaza respecto al eje virtual de la simetría central, los giros internos van acompañados por la utilización del aplacado de mármol, que tiene los signos de referencia de la columna exenta y la chimenea del salón, donde la apariencia sensual de la piedra dialoga con el espejo, en un marco de sensaciones tan cercano a las relaciones que Loos procuró en las terminaciones de la Villa Müller de Praga. Sin embargo, las tensiones con la centralidad del Raum Plan losiano provocaba en su articulación espacial, en este caso se sustituye por una gradación vertical de los niveles espaciales, en función del mayor o menor grado de intimidad, y de la connotación de atmósfera aristocrática de la planta noble.

Las citas más literales residen en esa dualidad interior-exterior, y en la cubierta curvada de zinc, mientras que las concavidades de fachada parecen pertenecer al nuevo itinerario de un lenguaje personal.

Muchas más casas se incorporarán a lo largo de su dilatada trayectoria creadora, en cada una de ellas se plasmará ese compromiso entre los sueños de un propietario y la poética del arquitecto, pero siempre con el convencimiento de las implicaciones y la complejidad del proyecto doméstico, como ya plasmó en un conocido texto de 1982:

Construir una casa es una aventura.

Hay que tener paciencia, valor y entusiasmo.

El proyecto de una casa surge de diferentes maneras. De repente, algunas veces, a veces de forma lenta y penosa. Todo depende de la posibilidad y la capacidad de encontrar estímulos – difícil y definitiva muleta del arquitecto.

El proyecto de una casa es casi igual al de cualquier otra: Paredes, ventanas, puertas, tejado. Aún así, es único. Cada elemento se transforma, al relacionarse.

Hay momentos en los que el proyecto cobra vida propia.

Entonces se transforma en un animal voluble, con patas inquietas y ojos inseguros.

Si no se comprenden sus transfiguraciones, o se satisfacen sus deseos más allá de lo esencial, se convierte en un monstruo. Si se fija todo cuanto en él parece evidente y bello, se convierte en ridículo. Si es demasiado contenido deja de respirar y muere.

El proyecto es para el arquitecto lo que el personaje de una novela para el autor: lo supera constantemente. No debe perderlo. El diseño lo persigue.

Pero el proyecto es un personaje con muchos autores, y se hace inteligente sólo cuando así es asumido, en caso contrario, es obsesivo e impertinente.

El diseño es el deseo de la inteligencia.[2]


[1] Vittorio Gregotti, “Architecture recenti di Álvaro Siza”, Controspazio, 1972.

[2] Álvaro Siza, “Construir”, Revista Daidaluz, sep. 1982. 

 

© Juan Miguel Hernández León

 

 Agradecemos al estudio del Arquitecto Alvaro Siza Vieira por la cesión de estas imágenes, realizadas por él y sus colaboradores.